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Jay Bee
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Valladolid, CA
Jan 1970 time: 06:18
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quote: Originally posted by Gerar Dean
Puede que a vos te afecten esas pavadas, yo simplemente me las paso por las bolas. |
A mi no y hasta es posible que a ti tampoco, pero desde luego lo demuestras bien pocas veces; te pasas el dia corrigiendo el spelling de otros 
quote: BTW: tenés razón, en Argentina suceptible es de uso cotidiano, pero la RAE, que aprobó "alverjas", todavía mantiene una palabra obsoleta como susceptible. |
Que tu no diferencies el sonido de la c del de la s en susceptible no quiere decir que la palabra sea o este obsoleta, pero en fin, si tu lo dices... como bien sugiere Elawr, deberias leerte Asterix en Corcega. Te sentirias muy identificado 
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Bragelonne
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Buenos Aires
Jul 2004 time: 02:18
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(editado)
Last edited by Bragelonne on 10-07-2005 at 02:01
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Chilean President™
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Viña del Mar, CHILE
Feb 2001 time: 00:18
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http://diario.elmercurio.com/2005/0...7-04DE4CEE38D7}
La Sorpresa que Esperábamos
LONDRES.- El estado de ánimo de una ciudad nunca ha cambiado en forma tan abrupta. El miércoles no había mejor lugar en la tierra. Después de la victoria en Singapur por la obtención de la sede de los Juegos Olímpicos, los londinenses estaban celebrando la perspectiva de una explosión de nueva energía y creatividad.
En Gleneagles, Escocia, la reunión cumbre del Grupo de los 8 estaba a punto de abordar al menos las principales preocupaciones del mundo, y podíamos tener cierta satisfacción de que nuestro gobierno hubiera impulsado la agenda. Londres andaba por los cielos y nosotros nos desplazábamos confiadamente por la ciudad; la paranoia después del 11-S y Madrid había quedado en gran medida atrás y nadie se paraba a pensar si tomaba el metro.
Sin embargo, la guerra del terror en contra nuestra abrió otro frente. Se anunció con un aullido de sirenas desde todas partes y el sonido monótono, opresivo de los helicópteros policiales. A lo largo de Euston Road, cerca del nuevo University College Hospital -un edificio verde que se eleva como un cirujano gigante- miles de personas observaban las ambulancias que avanzaban en hilera una tras otra.
La policía se desplegó, cerrando calles en ambos extremos mientras uno se encontraba en la mitad de ellas. La maquinaria del Estado, segura de su autoridad, se movió con una coordinación perfecta. Aquellos ensayos para un ataque terrorista subterráneo múltiple daban su recompensa.
De hecho, ahora el desastre estaba entre nosotros, tenía un aire de cansada inevitabilidad, y parecía familiar, como si hubiera sucedido hace tiempo. En la llovizna y la luz mortecina, la policía, los vehículos de emergencia, los silenciosos transeúntes parecían un noticiario antiguo en blanco y negro. La noticia de la exitosa postulación olímpica fue más sorprendente que esto. ¿Cómo podríamos haber olvidado que esto siempre iba a suceder?
El estado de ánimo en las calles era de una pasmada aceptación, o extraña calma. Las personas obedientes se movían por una vía y por la otra. Un hombre vestido de terno sacó una chaqueta fluorescente de su maletín y empezó a dirigir el tránsito. Una mujer, con el rostro y cuello cubiertos de sangre, que había venido de la estación de metro de Russell Square, rechazó ayuda porque tenía que llegar a su trabajo. Grupos se reunieron serenamente en la ruta, entre el tráfico atascado, para escuchar las radios de los autos a través de las ventanillas abiertas.
En televisión, los noticiarios tenían problemas para encontrar imágenes que reflejaran la atrocidad del hecho. Pero éste no era un espectáculo como el de Nueva York o Madrid. La pesadilla estaba sucediendo bajo nuestros pies.
Desde el extremo de una calle cerrada vimos cómo ayudaban a los trabajadores de emergencia con el equipo de oxígeno. Sólo podíamos suponer al infierno que tenían que bajar, y nadie parecía querer hablar al respecto.
Es poco probable que Londres afirme que se transformó en un instante, que perdió su inocencia en el transcurso de una mañana. Es difícil sacar a una enorme ciudad como ésta de su curso. Sobrevivió a muchos ataques en el pasado.
Sin embargo, una vez que hayamos contado a nuestros muertos y el aturdimiento se convierta en ira y pena, veremos que nuestras vidas aquí serán difíciles. Nos despertaron salvajemente de un sueño placentero. La ciudad no recuperará la confianza ni alegría en mucho tiempo. ¿Quién querrá viajar en el subterráneo? ¿Cómo nos sentaremos tranquilos en un restaurante, cine o teatro? Y enfrentaremos de nuevo el acuerdo que tenemos que hacer constantemente con el Estado: ¿cuánto poder debemos otorgar al Leviatán, cuánta libertad nos pedirán que transemos por nuestra seguridad?
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